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Candidato a doctor en Antropología Política en Estudios Latinoamericanos (UAM-EHESS. CERMA/MANSCIPO). Master Europeo en Estudios Latinoamericanos (UAM-Université de Toulouse, Le Mirail). Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UNACH). Ex-periodista

viernes, 18 de noviembre de 2011

Un intruso en su propia casa.

Menos de una semana en un país que en una primera impresión me resulta extraño, alejado y en ocasiones desconocido. Intento, cotidianamente reafirmarme como sujeto perteneciente a un grupo cultural homogéneo, que me otorgó la categoría nacional de mexicano, y no solamente a través del empleo del lenguaje oral, sino también en el performance de las formas y maneras, que en el extranjero hacen de uno mismo un ser distintivo por su “particularidad cultural nacional” frente a la diversidad étnica en la que mueve.

Aunque siempre he considerado que los particularismos corren ese riesgo del esencialismo duro y puro construido estratégicamente para enajenar políticamente a la sociedad para reproducir las injusticias sociales según las distinciones de género y pertenencia étnica. Es decir, interiorizarse un modelo estable y definido de lo homogéneo cultural, y que se alteriza cuando se confronta con microparticularidades en un territorio nacional determinado.

El caso mexicano, no es la excepción del resto del mundo, donde confluyen más de 62 grupos originarios. Para mi fortuna, y después de muchos años de reflexión, caigo en la cuenta que mis descendientes directos provienen de la cultura zapoteca y española. Ese yo, más que un ser único definido como estable, conjuga con una variante de personalidades que en los últimos años surgen como chorraderos de agua en pleno manantial. No avisa, simplemente surge esporádicamente.

Una forma de desmitificación y descencialización, no sólo del sujeto social, sino también la puesta en cuestión de espacio territorial de origen. Quienes no lo han vivido apasionadamente difícilmente pueden comprender las diversas singularidades que conviven en un solo sujeto social.

Una condición que va más allá de la periferia provincial de los Estados centralizados. Lejos, muy lejos en el campo rural, donde la convivencia social parte de una solidaridad, una colectividad de la construcción del yo, en el que la importancia no se centra en ocasiones en garantizar un bien económico sustentado en el Bienestar del Futuro. Contrario a ello, es una Estado de riesgo de la cotidianidad. Una cotidianidad, que nuevamente se logra identificar después de tres años lejos de casa.

Quien recorre las calles ruidosas de esta ciudad, escucha la potencia de la música que sale del transporte público mientras los transeúntes en las aceras caminan apresuradamente, evadiendo a los méndigos, niños, ancianos que estiran la mano para recibir una moneda.

El cuerpo delgado que sostiene esos cabellos alborotados, está ante un cuadro de desigualdades que superan las palabras, las letras y cualquier conocimiento científico-racional, proveniente de grandes escuelas del extranjero.

La silueta que intenta evadir los cuerpos que se contraen al interior del cajón que encierra, ésta y otras ciudades, se siente parte del resto de las masas corporales que aquí se desplazan. El cuerpo físico está ahí, con ellos; pero a su mente le vienen una ráfaga de fotografías de la Cité Universitaire, Belleville, la fiesta de los “intelectuales emergentes” latinoamericanos disfrazados de bôbô. Más aún, las callejuelas de Lavapies, la plaza Agustín Lara, la última fiesta en el centro social que lleva el mismo nombre del Barrio, las asambleas del 15M.

El escribiente ha vuelto a casa, pero ¿cuál casa, cuando siempre se conflictúa ante la pregunta de una dirección domicilial? Ese personaje ya nunca volverá, pese al esfuerzo de “integrarse” nuevamente. Hay una nostalgia desterritorializada producto de la convivencia pluricultual en la que se ha desenvuelto.

No es un chauvismo lo que confronta las disparidades de cada espacio en el que se encuentra, sino un distanciamiento riguroso que la misma razón le ha otorgado. Son las batallas del conocimiento racional en un espacio territorial, que brota como exotismo ante los ojos de un extranjero.

Es la apariencia de un intruso que penetra sin permiso a su propia casa, donde cada objeto que dejó en el pasado se encuentra verdaderamente desordenado, incomprensible; sabiendo que la cama donde reposaría la han movido, los utensilios en la cocina fueron modificados, y en la televisión sólo observa una nueva serie de telenovela donde los protagonistas son los próximos candidatos a gobernar el país.

Un intruso, que intenta codificar el nuevo lenguaje que ha florecido en el jardín de la delincuencia, la desconfianza, el miedo, la inseguridad y el caos. Un intruso cuyo imaginario idílico pensó en lucha, pero encontró continuidad y conformismo.

Las herramientas de trabajo, cuan campesino rural, no han servido para forjar la cosecha esperada en plena temporada de bonanza, ante la desconfianza generalizada hacia lo “extranjero”, la cual se ha reproducido e instalado en los cuerpos institucionales de la sociedad.

Tal vez, lo anterior sea producto del distanciamiento que en ocasiones es necesario para no perderse ante la competición discursiva de los protagonistas estudiados, como si las palabras flotaran en el aire como hojas que se desprenden de los árboles en pleno otoño.

El distanciamiento territorial, posee el riesgo de pérdida de la solidaridad “colectiva” hacia una causa política en el sujeto social, pues contrario a pensarse en un “nosotros”, habla en un “yo” individualizarse. Para que esto no suceda, en los diferentes desplazamientos trasantlántico la identidad, en el marco de este desplazamiento espacial, necesariamente se negocia de facto.

En estos primeros días de “regresar” a casa, las sorpresas caen como agua de cascadas que se ven bañadas en las paredes que desfilan en las calles, en los rostros de cada informante que gustosamente me regala su tiempo para compartir su experiencia, pero también hacia aquellos que han juzgado sin interés mi intromisión a un espacio que todavía me pertenece y defiendo.

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